Todos los empleados se marchaban deseosos de regresar a sus casas después de haber tenido que limpiar las jaulas de los perros y las peceras de las tortugas
Bien, por fin nos dejaban solos para vivir nuestra vida como debe ser vivida, aunque bueno, cada quien lo hacía a su manera.
En la tienda la luz se apagaba a las 9 p.m. y hámsteres hacían fiestas que  terminaban hasta las 2 a.m., cuando los loros y las tortugas los mandaban callar.
Los hámsteres sirios son los más reventados, se fuman pequeñas cantidades de aserrín, bailan y gritan, se emborrachan con agua vitaminada, arman coreografías y cosas así. Los chinos tienen diversiones mas sutiles, se sientan a charlar entre ellos y cada uno busca una nena a quien limpiarle las patitas. Platican y beben a la luz de las lámparas de emergencia. Critican a los sirios por ser tan onanistas y cuando llega la hora cada quien toma a su chica y la lleva a un rinconcito apartado, claro, el mejor de ellos se queda en la rueda por que la rueda es “La rueda”, el que controla La rueda controla el nido. Ya sabes, son chinos aunque sean criados en alguna parte de EU. Muchos de ellos llegan con acento de Jersey y manías milenarias. El gran hámster o el “Bada Bing!” como se hace llamar, es el jefe de todos ellos, él tiene La rueda y a la nena mas guapa de ahí.
Mientras, los sirios siguen en el reventón: brincan y saltan por la noche, ellos no distinguen entre rangos ni nada, su vida es vivir la vida misma. Despiertan a gritos a las ratas egipcias y coordinan coros para cantar canciones de Queen o de los Rolling Stones a capella. Las ratas disfrutan de cantar, ellas se saben más listas que todos los demás pero nadie se niega al coro de “We will rock you”.
Excepto los chinos, ellos simpre están en su rollo, en su onda, ellos escuchan a lo lejos el coro de ratas y sirios mientras le susurran al oído poemas chinos y HaiKus a sus nenas. Les limpian las orejas y las patitas. Ellas los acicalan, los engrandecen en la penumbra de la tienda de animales.
Por ahí de las 2 o 3 a.m., los loros y pericos, hartos del escándalo que se montan los hámsteres, los mandan callar. Primero son amables, después son mas fuertes, luego llegan a las amenazas pero nunca pasa nada porque los loros jamás se acercan a los ratones, siempre una pantalla de pelexiglass los dividen.
Entre dimes, diretes y mentadas de madre los hámsteres están demasiado exhaustos para continuar. Los sirios yacen despatarrados por todo el aserrín, hasta la madre de humo, cantos y agua vitaminada.
La mayoría se mete a la casita, pero otros no, otros buscan su rincón favorito, algún listillo se duerme en el plato de comida para ser el primero en desayunar.
Hace tiempo que los chinos hastiados de amor se dieron a la tarea de descansar, acurrucados el uno contra la otra, dormidos, cada uno soñando con el próximo niño que golpeara el cristal y que querrá llevarlos a casa.
Tal ves los lleven, tal vez no, pero no importa, las noches son buenas, la comida abunda y no hay nada de que preocuparse
La vida de un hámster es difícil.

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