Mar
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Cuando yo era pequeño mi mamá y mis abuelitos me llevaban a coyoacán a darle de comer a las palomas. Mi abuelo y yo caminábamos a su paso hasta el minisuper de la panadería que esta en Allende y ahí comprábamos medio quilo de maíz palomero en bolsa marca “Sol”.
Regresábamos lentamente hasta el quiosco el cual en ese entonces se encontraba repleto de palomas y en seguida mi abuelito abría la bolsa, yo tomaba un puñado de granos y lo aventaba al aire. Cientos (o lo que me parecían cientos) de palomas emprendían el vuelo para alcanzar los granos que les caían desde el cielo. Me gustaba jugar con ellas, darles de comer en la mano, perseguirlas y hacerlas volar, aventarles el maíz de distintas formas o simplemente quedarme sentado y junto con mis abuelos conseguir nuestro grupito de palomas particular.
Al acabarse la bolsa se acababa la diversión por que siempre antes de irnos, íbamos a la iglesia. Claro había veces que antes de la iglesia pasábamos por un helado a la Siberia o por fruta y un elote al mercado. Pero era raro que no entráramos a la iglesia la cual me parecía inmensa y siempre con el olor a incienso viejo y el ruido seco de las monedas al caer en las alcancías de metal.
Todo esto con la música de un organillero de fondo, a quien mi abuelita siempre que podía le daba algunos pesos de su monedero y me decía: “Todo el mundo lo toca, pero no todos lo cargan”. Hoy en día la panadería, la iglesia y la música de organillero siguen ahí. Pero aunque mis abuelos ya no estén nunca pasa un día en que yo visite coyoacán y no recuerde algo de ese entonces.
La foto la encontre en Flickr y es de “Espace Vitto”.



A mi me encanta Coyoacán y eso que voy desde hace pocos años.